Ciencia, Muerte y Cristianismo

La teología cristiana sostiene que la persona humana posee una dimensión espiritual irreductible que supera la mera biología física.

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Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

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Santo Domingo.– Desde los 17 años de edad empecé a leer los libros de Ignace Lepp, y al mencionarle tanto a ese autor a Dagoberto Tejeda, entonces Dagoberto comenzó a decirme "Monseñor Lepp".

Dagoberto había estudiado en una Universidad Católica y Pontificia de Brasil. Con él también estuvieron por allá Walter Cordero y Radamés Mejía.

Ignace Lepp tiene entre sus libros uno dedicado a la muerte, y ése y los demás los recomiendo para quien quiera conocer el pensamiento materialista o "científico" y la filosofía cristiana de la existencia.

Al Papa Benedicto XVI y a Francisco Les mencioné los escritos de Lepp, un sacerdote que fue antes militante marxista y leninista.

La física cuántica y la teología cristiana frente a la conciencia humana y muerte

Esta cuestión de la muerte llevada a debate ya entre algunos científicos —que trata de la posible existencia de una "superconsciencia" que sobrevive al cuerpo biológico— se sitúa en un terreno donde convergen, con cautela y sin simplificaciones, la especulación científica contemporánea y la tradición teológica cristiana.

No se trata de una identidad automática entre física cuántica y fe, sino de una zona de resonancia intelectual en la que ambas buscan responder a la misma pregunta radical: ¿qué es la conciencia humana y cuál es su destino último?

En ciertos sectores de la investigación científica se ha sugerido que la conciencia no es reducible exclusivamente a procesos neuroquímicos locales.

Teorías como las propuestas por algunos físicos y neurocientíficos —aun debatidas y no concluyentes— han explorado la hipótesis de que la mente podría estar vinculada a niveles más profundos de la realidad, donde la materia y la información se entrelazan en formas que desbordan el paradigma mecanicista clásico.

    La física cuántica, al mostrar que el observador no es un elemento totalmente externo al fenómeno observado, abrió un interrogante filosófico: ¿es la conciencia un subproducto del cerebro o, en algún sentido, una dimensión fundamental de la realidad?

    La teología cristiana y la dimensión espiritual del ser humano

    El cristianismo, por su parte, nunca ha concebido al ser humano como pura materia organizada.

    Desde sus orígenes afirma que la persona posee una dimensión espiritual irreductible, creada por Dios y orientada a la eternidad.

    El alma no es, en la teología clásica, un "fantasma" alojado en el cuerpo, sino el principio vital y personal que hace del hombre una unidad viviente, abierta a la trascendencia.

    La muerte biológica, en esta perspectiva, no destruye la identidad personal, sino que separa provisionalmente lo que estaba unido: el cuerpo y el alma, a la espera de la resurrección final.

    Aquí emerge una posible armonía conceptual —no una demostración científica de la fe, ni una validación teológica de hipótesis físicas— sino una convergencia de preguntas.

    La ciencia contemporánea reconoce que la conciencia sigue siendo uno de los mayores misterios no resueltos.

    La teología cristiana, por su parte, afirma desde hace siglos que la interioridad humana no puede ser explicada únicamente por la materialidad. Ambas coinciden, al menos, en admitir que el ser humano no se agota en la pura biología.

    La proclamación de San Pablo —"¿Dónde está, muerte, tu victoria?"— adquiere, en este contexto, un significado aún más profundo.

    No es solo una afirmación escatológica basada en la fe en la resurrección de Cristo, sino también una intuición antropológica: el ser humano experimenta interiormente que su conciencia, su memoria, su amor y su libertad poseen un valor que parece desproporcionado respecto a la fragilidad del organismo físico.

    La muerte biológica aparece entonces como un acontecimiento real, pero no necesariamente como el aniquilamiento total del sujeto personal.

    La tradición cristiana ha sostenido siempre que la conciencia no es una ilusión efímera producida por la materia, sino la huella de una vocación trascendente.

    En términos teológicos, el hombre es capaz de verdad, de bien y de amor infinito porque ha sido creado a imagen de Dios.

    En términos filosóficos, podría decirse que la estructura misma de la conciencia apunta más allá de lo puramente físico, hacia una dimensión que la ciencia describe todavía con cautela y que la fe reconoce como espiritual.

    No se trata, sin embargo, de convertir la física cuántica en una nueva teología ni de instrumentalizar la ciencia para "probar" dogmas religiosos.

    La prudencia intelectual exige reconocer que las teorías científicas evolucionan y que el núcleo de la fe cristiana no depende de modelos cosmológicos particulares.

    La resurrección de Cristo, fundamento de la esperanza paulina, no es un fenómeno explicable por ecuaciones físicas, sino un acontecimiento histórico y teológico que la Iglesia interpreta como irrupción definitiva de la vida divina en la historia humana.

    Lo significativo es que, en el horizonte contemporáneo, la ciencia ha dejado de sostener con seguridad que la realidad sea un sistema cerrado y puramente material.

    La indeterminación cuántica, la complejidad de la información y los enigmas de la conciencia han introducido una humildad epistemológica que abre espacio a la pregunta metafísica.

    La fe cristiana, lejos de sentirse desmentida por este panorama, puede dialogar con él desde una convicción antigua: la realidad visible no agota el misterio del ser.

    Así, la proclamación paulina no aparece como una evasión poética frente a la muerte, sino como una afirmación que dialoga con las inquietudes más profundas del pensamiento contemporáneo.

    Si la conciencia humana posee una dimensión que no se reduce a lo material, entonces la esperanza en una supervivencia personal no es simplemente un consuelo psicológico, sino una posibilidad coherente con la grandeza misma del espíritu humano.

    El cristianismo, en este sentido, no está "despistado". Afirma, desde hace dos mil años, que la muerte no tiene la última palabra porque la persona humana está destinada a una plenitud que trasciende el límite biológico.

    La ciencia, por su parte, explora hoy —con rigor y cautela— la profundidad enigmática de la conciencia. Entre ambas no existe una identidad automática, pero sí una convergencia significativa: la sospecha de que el ser humano participa de una realidad más amplia que la mera descomposición de sus átomos.

    En esa convergencia resuena nuevamente la voz de San Pablo, no como retórica antigua, sino como interrogación permanente dirigida al misterio de la existencia:

    ¿Dónde está tu victoria, muerte, si la conciencia humana parece abrirse a lo infinito?

    ¿Dónde está tu aguijón, si el amor y la verdad que el hombre experimenta no caben en la pura caducidad del tiempo?

    La fe responde: la victoria definitiva pertenece a la vida.

    La ciencia, todavía en búsqueda, comienza a reconocer que el misterio del hombre es más profundo de lo que el materialismo clásico había supuesto.

    Victor Grimaldi Céspedes

    Victor Grimaldi Céspedes

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