Esa guerra es vieja y Trump tiene toda la razón

La rivalidad entre Estados Unidos e Irán se ha mantenido durante décadas, marcada por conflictos indirectos y negociaciones fallidas.

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Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

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"Jacobo Candela" fue el mote que le pusieron al vicepresidente dominicano Jacobo Majluta cuando en 1979 se dispararon los precios del petróleo tras la Revolución iraní de 1979, encabezada por el ayatolá Ruhollah Khomeini

Aquella sacudida energética llegó hasta el Caribe como un eco lejano de una revolución religiosa y política que cambió el equilibrio del Medio Oriente y puso fin al régimen del Mohammad Reza Pahlavi, aliado histórico de Washington.

Desde entonces han pasado 46 años y he seguido ese proceso con atención casi obsesiva, porque lo ocurrido en Teherán en 1979 no fue simplemente un cambio de gobierno: fue la instalación de un modelo teocrático que redefinió la política regional durante décadas.


    El nuevo sistema no solo reorganizó el poder interno de Irán, sino que también proyectó su influencia más allá de sus fronteras mediante redes políticas, religiosas y militares que alteraron el mapa estratégico del Medio Oriente.

    Bajo la dirección de Ali Khamenei, sucesor de Jomeini, la República Islámica consolidó una estructura de poder que combinaba religión, seguridad y geopolítica. 

    Su estrategia regional se apoyó en aliados y movimientos armados que compartían su visión del conflicto con Israel y su confrontación con Estados Unidos

    Entre ellos destacan Hezbollah en el Líbano, Hamas y Islamic Jihad Movement in Palestine en Gaza y Cisjordania, así como el Houthi movement en Yemen.

    Durante años, muchos gobiernos occidentales apostaron por la negociación para contener el programa nuclear iraní y moderar su conducta regional.

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    Sin embargo, los críticos de esa política sostienen que Teherán utilizó el tiempo para fortalecer sus capacidades militares, ampliar su influencia y consolidar su sistema político.

    En ese contexto aparece la postura del presidente Donald Trump, quien sostiene que la presión diplomática por sí sola nunca fue suficiente para frenar a la República Islámica

    Para Trump, el problema no es coyuntural sino estructural: un régimen que nació de una revolución ideológica y que durante décadas ha definido su identidad política en oposición a Occidente difícilmente renunciará voluntariamente a las herramientas que considera esenciales para su supervivencia.

    Quienes respaldan esa visión creen que la firmeza —incluida la presión militar— es la única forma de alterar el cálculo estratégico de Teherán.


      Quienes la critican advierten que la confrontación directa puede desatar una guerra regional de consecuencias imprevisibles.

      Pero más allá del debate inmediato, hay una verdad histórica que conviene recordar: la confrontación entre Estados Unidos e Irán no nació ayer ni depende exclusivamente de un presidente o de una crisis puntual. Es el resultado de casi medio siglo de rivalidad, de desconfianza acumulada y de conflictos indirectos que han atravesado varias generaciones.

      Por eso, cuando hoy se habla de una nueva guerra en el Medio Oriente, conviene mirarla con perspectiva. No se trata de un episodio aislado, sino de un capítulo más en una larga historia que comenzó en 1979 y cuyos efectos —económicos, políticos y estratégicos— siguen alcanzando incluso a países tan lejanos como la República Dominicana.

      Aquella broma criolla de "Jacobo Candela", nacida del aumento del petróleo provocado por la revolución iraní, era en realidad el reflejo de una verdad profunda de la política internacional: lo que ocurre en el Golfo Pérsico rara vez se queda allí. Sus ondas expansivas terminan recorriendo el planeta entero.

      La revolución que se convirtió en su contrario:

      En el invierno de 1979, Irán parecía una nación suspendida en el aire, como si la historia hubiera decidido hacer una pausa antes de caer en picada. 

      Las calles de Teherán hervían de esperanza. Se hablaba de república, de dignidad nacional, de ciudadanía moderna. 

      Se soñaba con una patria donde el poder no fuera herencia dinástica ni imposición extranjera, sino contrato social.

      El viejo Sha se desmoronaba entre rumores de exilio, y desde un suburbio gris de París un anciano clérigo hablaba con voz pausada, prometiendo lo que todos necesitaban escuchar. No gobernaría. No buscaría poder personal. El clero —decía— no aspiraba a administrar ministerios ni a dictar cada ley. Irán sería libre, independiente, incluso islámico, pero no teocrático.

      Aquel anciano era el ayatolá Ruhollah Khomeini, y su palabra flotaba como una profecía dulce sobre un pueblo cansado de la policía secreta y del lujo obsceno de la corte.

      Pero la historia tiene sus ironías. Cuando el avión aterrizó en Teherán el 1 de febrero de 1979, no solo regresaba un exiliado. Regresaba una idea antigua: el gobierno del jurista, la tutela religiosa sobre la política. 

      Una doctrina que ya había sido escrita años antes, donde el pueblo era comparado con un rebaño necesitado de guía, y el guía era el clérigo supremo.

      La revolución pedía ciudadanía.Recibió guardianes.La constitución aprobada meses después no consagró únicamente una república; consagró una figura que estaría por encima de la república

      El Líder Supremo tendría la última palabra sobre el ejército, la justicia, la prensa y la fe. El voto existiría, sí, pero vigilado. 

      La ley se debatiría, pero supervisada. La soberanía popular quedaría subordinada a una soberanía teológica.

      Así, lo que nació como ruptura terminó siendo restauración bajo otro nombre.

      No fue una traición súbita, sino una mutación paciente. Los aliados liberales y de izquierda que marcharon contra el Sha descubrieron demasiado tarde que habían ayudado a desmontar una monarquía para erigir una teocracia

      Occidente, que escuchó promesas de estabilidad petrolera y distancia soviética, comprendió la magnitud del giro cuando la embajada estadounidense fue tomada y la revolución mostró su rostro definitivo.

      El romanticismo revolucionario había sido más fuerte que la lectura atenta de los textos.

      Décadas después, bajo la larga sombra de Ali Khamenei, el sistema consolidó su arquitectura: elecciones controladas, reformas limitadas, represión selectiva y una diplomacia de desafío permanente. 

      Cambiaron ministros, cambiaron presidentes, pero la estructura permaneció intacta, como una fortaleza doctrinal erigida sobre el desencanto de 1979.

      Hoy, tras ataques externos y la muerte del líder supremo, el mundo vuelve a preguntarse si Irán está al borde de otra transformación

      La tentación es creer que la historia se repetirá en sentido inverso: que una revolución pendiente completará lo que la anterior prometió.

      Pero las naciones no se reinventan con consignas, sino con instituciones.

      Si 1979 fue una revolución que se convirtió en su contrario, el desafío de 2026 no es repetir la épica, sino evitar el hechizo. 

      No basta con derribar símbolos; hay que diseñar límites. No basta con prometer libertad; hay que escribirla en artículos que no puedan ser anulados por la voluntad de un solo hombre.

      Irán, como tantos pueblos, aprendió que el carisma puede disfrazarse de redención y terminar siendo arquitectura de poder.

      La lección es antigua y siempre nueva:las revoluciones que no definen con precisión el lugar del poder terminan siendo gobernadas por él.

      Victor Grimaldi Céspedes

      Victor Grimaldi Céspedes

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