¿Para qué vivimos?
El bienestar material no garantiza la plenitud emocional, generando un vacío que alimenta la ansiedad moderna.
Actualizado: 10 de Febrero, 2026, 10:35 AM
Publicado: 10 de Febrero, 2026, 10:32 AM
Victor Manuel Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– La pregunta aparece siempre tarde. Nunca al comienzo de la historia, nunca cuando el hambre aprieta ni cuando la muerte ronda de cerca.
La pregunta aparece después. Cuando el plato está lleno. Cuando el salario llega cada mes. Cuando la jubilación promete un mañana sin sobresaltos.
Aparece, curiosamente, cuando la humanidad ha logrado algo que durante milenios le fue negado: una mínima seguridad para la vida cotidiana.
Durante siglos, vivir fue sobrevivir. Doscientos años atrás —ayer, en términos históricos— casi nadie tenía un ingreso fijo. No había salario garantizado, ni pensión, ni renta, ni Estado que amortiguara la caída. La vida dependía del clima, de la fuerza del cuerpo, del capricho del patrón, del precio del grano, de la guerra que pasaba como un incendio. Envejecer era un riesgo. Enfermarse era una sentencia. Planificar era un lujo literario.
Hoy, con todas las injusticias aún vigentes, con todas las desigualdades que persisten, la mayor parte del mundo vive bajo alguna forma de ingreso regular.
Un salario. Una jubilación. Una pensión. Una renta pública o privada. Un subsidio. Una transferencia. Algo que permite anticipar el mes siguiente sin rezar por milagros.
Eso no es menor. Es una revolución silenciosa. Una conquista civilizatoria que costó sangre, huelgas, crisis, guerras, errores monumentales y aciertos parciales.
Y, sin embargo, nunca hubo tantas quejas.
Tal vez porque la queja ya no nace del miedo a morir mañana, sino del desconcierto de no saber para qué se vive cuando mañana está asegurado.
Ansiedad y vacío existencial en el bienestar moderno
La humanidad pasó del grito del estómago al murmullo del vacío. Cambió la tragedia visible por la inquietud persistente. Antes se luchaba por pan. Ahora se discute el sentido.
Los grandes experimentos económicos del siglo XX prometieron respuestas totales. El mercado prometió libertad. El socialismo prometió igualdad. El Estado benefactor prometió protección.
Todos cumplieron algo y traicionaron algo. Ninguno logró resolver la pregunta central. Porque no era una pregunta económica, aunque se la disfrazara de cifras.
Las tragedias enseñaron límites. El liberalismo sin freno produjo exclusión. La planificación total produjo asfixia. El progreso técnico sin ética convirtió al ser humano en recurso.
Cada sistema pidió sacrificios en nombre del futuro, y cuando el futuro llegó, pidió más sacrificios todavía. Ahí empezó el cansancio histórico.
Reconocer esto no es negar los avances. Al contrario. Es honrarlos. Reconocer que hoy vivimos más, mejor y con más previsibilidad que nunca no implica cerrar los ojos ante el dolor pasado, sino comprender que ese dolor tuvo algún sentido si aprendimos algo de él.
El desafío de encontrar sentido más allá del bienestar material
El problema aparece cuando la seguridad material no se acompaña de una narrativa moral que explique por qué vale la pena vivir más años, más cómodos y más protegidos.
Por eso la ansiedad moderna. Por eso la sensación de estancamiento en medio del bienestar.
Porque aseguramos el "cómo" de la vida, pero descuidamos el "para qué".
Organizamos la economía para sostener cuerpos, pero dejamos a la intemperie el alma colectiva. Y un ser humano puede soportar la pobreza durante un tiempo; lo que no soporta es la irrelevancia.
Quizá por eso tantas quejas. No porque todo vaya mal, sino porque algo esencial quedó sin respuesta.
No porque falte salario, sino porque sobra rutina. No porque no haya ingresos, sino porque el ingreso ya no explica la existencia.
La economía hizo su parte: redujo la incertidumbre brutal, domesticó el azar, creó redes de protección. Ahora le toca retirarse un poco del centro del escenario. Porque cuando pretende ocupar el lugar del sentido, se vuelve tiránica.
El error no fue experimentar; el error fue creer que el experimento podía sustituir a la conciencia.
Tal vez el próximo paso civilizatorio no consista en inventar otro modelo económico con nombre nuevo, sino en reconciliar el bienestar con el significado.
En aceptar que la dignidad no termina en el salario, ni la felicidad en la renta, ni la plenitud en la previsibilidad.
La pregunta sigue ahí, incómoda y necesaria, flotando sobre oficinas, fábricas, pensiones y balances:
¿Para qué vivimos?
Y mientras no tengamos el valor de mirarla de frente, seguiremos quejándonos... incluso en medio de nuestros mayores logros.


