Poder, gula y olvido

La ética en el servicio público es clave para evitar que funcionarios caigan en prácticas corruptas y sean rechazados por la sociedad.

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Albert Torres.

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Santo Domingo.– Si los funcionarios se apuraran por demostrar con hechos que la posición que ocupan los necesita a ellos, y no ellos a la posición, otro gallo cantaría. Pero la gula y los sentimientos de grandeza cuando llegan a un cargo los traicionan; por eso terminan entregados a la corrupción, ya sea por acción u omisión.

Lo peor de todo es que muchos no aprenden la lección y olvidan que el poder es pasajero y que, así como llega, también se va. Les falla el buen juicio.

La política debe ser vocación de servicio y no una forma de enriquecerse; no debe ser vista como una meta que "eleva el estatus".


    Por eso, cuando llegan los tiempos de las "vacas flacas" y se acaban "los mangos bajitos", terminan con el repudio del pueblo y con la reputación de ser uno más del montón, tomando en cuenta que ese "montón", o la gran mayoría, van directamente por sus hechos al zafacón de la historia.

    En última instancia, el verdadero valor de un servidor público no se mide por los lujos que acumula, sino por el bienestar que deja a su paso.

    Hay que entender que el poder es un préstamo de la sociedad, quien a propósito olvida esto, es recordado únicamente como alguien que tuvo la oportunidad de hacer el bien y prefirió servirse a sí mismo.

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    Albert Torres

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