En el conflicto del Medio Oriente también hay sangre dominicana, turcos, iraníes y el Kurdistán
El nacionalismo turco frenó la fragmentación del Imperio otomano, afectando la configuración política y étnica de la región kurda.
Actualizado: 05 de Marzo, 2026, 07:30 AM
Publicado: 05 de Marzo, 2026, 07:24 AM
Victor Manuel Grimaldi Céspedes.
Santo Domingo.– A primera vista parecería que las guerras que hoy sacuden las montañas del Kurdistán, las ciudades de Irán o las fronteras de Irak pertenecen a un mundo muy distante de la vida cotidiana de los dominicanos.
Pero la historia, cuando se mira con paciencia, revela conexiones inesperadas.
Porque en los apellidos, en los comercios familiares, en las historias de inmigración que llegaron a las costas del Caribe a comienzos del siglo XX, todavía late la memoria de aquel viejo Medio Oriente que se derrumbó después de la Primera Guerra Mundial.
Entre esas memorias, muchas veces olvidadas, pueden encontrarse también raíces turcas, armenias, persas o incluso kurdas que terminaron echando raíces en la República Dominicana.
Durante generaciones, en nuestro país se ha llamado de manera indistinta "turcos", "árabes" o "palestinos" a muchos de los descendientes de inmigrantes provenientes del Medio Oriente.
Sin embargo, esa simplificación oculta una realidad mucho más compleja.
Aquellos hombres y mujeres que llegaron a América Latina entre finales del siglo XIX y principios del XX provenían de territorios donde convivían pueblos diversos: árabes, armenios, turcos, persas y también kurdos.
Muchos de ellos viajaban con documentos emitidos por el Imperio otomano, lo que hizo que en gran parte de América Latina se les conociera simplemente como "turcos", aunque en realidad pertenecieran a distintas comunidades étnicas y religiosas de aquella vasta región.
No sería extraño, por tanto, que entre las familias dominicanas descendientes de esa migración existan también raíces kurdas o persas, aunque el paso del tiempo haya diluido esas identidades en la memoria genealógica.
Las migraciones tienen esa capacidad silenciosa de transformar los mapas humanos del mundo.
Tratado de Sèvres y la propuesta de un Kurdistán autónomo
El origen de esa diáspora está ligado a uno de los grandes terremotos políticos del siglo XX: la Primera Guerra Mundial.
Hasta 1918 gran parte del Medio Oriente formaba parte del Imperio otomano, un vasto Estado dominado por los turcos que durante siglos había gobernado una enorme diversidad de pueblos, lenguas y religiones.
Era un imperio antiguo, sostenido más por la tradición que por la fuerza, donde convivían musulmanes, cristianos y judíos en un equilibrio precario pero duradero.
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La guerra lo destruyó.
Cuando el Imperio otomano se derrumbó tras la derrota de 1918, las potencias vencedoras —principalmente Gran Bretaña y Francia— decidieron reorganizar la región desde las mesas de negociación europeas.
El mapa del Medio Oriente comenzó entonces a ser dibujado en conferencias diplomáticas celebradas lejos de las montañas, de los desiertos y de las ciudades donde vivían los pueblos afectados por aquellas decisiones.
En París, en Sèvres y luego en Lausana, se trazaron nuevas fronteras que determinarían el destino de millones de personas durante el siglo siguiente.
El Tratado de Sèvres, firmado en 1920, representó el intento de las potencias vencedoras de desmantelar definitivamente el Imperio otomano.
En aquel documento apareció por primera vez una idea que tenía una enorme trascendencia histórica: la posibilidad de crear un Kurdistán autónomo e incluso eventualmente independiente en el este de Anatolia.
Para los kurdos, aquella cláusula significó la primera vez que el mundo reconocía formalmente su existencia como nación.
Los kurdos habitan desde hace siglos las montañas que se extienden entre Turquía, Irak, Siria e Irán. Son un pueblo antiguo, con lengua propia y una identidad cultural profundamente arraigada. Sin embargo, su territorio nunca llegó a convertirse en un Estado.
El tratado de Sèvres parecía abrir esa posibilidad.
Mustafa Kemal y la resistencia nacionalista turca
Pero la historia tomó otro rumbo.
Mientras los diplomáticos europeos dibujaban nuevas fronteras, en Anatolia surgía una fuerza política y militar que cambiaría el destino de la región.
Un oficial otomano llamado Mustafa Kemal organizó un movimiento nacionalista decidido a impedir la fragmentación del territorio turco.
Kemal, quien más tarde sería conocido como Atatürk —el padre de los turcos— convocó desde Ankara a la resistencia contra las potencias extranjeras y contra el debilitado gobierno imperial que aún permanecía en Estambul.
La chispa que encendió el conflicto fue el desembarco de tropas griegas en la ciudad de Esmirna en mayo de 1919.
Grecia aspiraba a realizar la llamada "Gran Idea", el proyecto nacional que buscaba reunir bajo la bandera helénica los territorios de Anatolia donde habían existido comunidades griegas durante siglos.
Durante un tiempo pareció posible que Grecia consolidara su dominio sobre la región occidental del antiguo imperio otomano.
Sin embargo, el avance griego encontró una resistencia inesperadamente fuerte en las fuerzas nacionalistas organizadas por Mustafa Kemal.
La batalla de Sakarya en 1921 cambió el curso de la guerra. El ejército turco logró detener el avance griego cerca de Ankara, y a partir de ese momento la iniciativa militar pasó a manos de los nacionalistas turcos.
En agosto de 1922 las tropas de Kemal lanzaron la ofensiva decisiva que derrotó al ejército griego en la batalla de Dumlupınar. Poco después recuperaron Esmirna.
El incendio que devastó la ciudad en septiembre de 1922 simbolizó el final de una época. El mundo multicultural del Imperio otomano —donde durante siglos habían convivido turcos, griegos, armenios, judíos y árabes— desaparecía bajo las llamas del nuevo nacionalismo.
La guerra produjo una de las mayores tragedias humanas de la época. Millones de personas fueron expulsadas o huyeron de sus hogares.
Para cerrar el conflicto, los negociadores reunidos en Lausana en 1923 aprobaron una solución radical: el intercambio obligatorio de poblaciones entre Grecia y Turquía.
Cerca de un millón y medio de griegos ortodoxos que vivían en Anatolia fueron trasladados a Grecia. A su vez, alrededor de medio millón de musulmanes que residían en Grecia fueron enviados a Turquía.
El criterio era religioso: los cristianos ortodoxos debían vivir en Grecia; los musulmanes en Turquía. No importaba que muchas de esas familias hubieran vivido durante siglos en los mismos lugares.
Era una forma de ingeniería demográfica legitimada por la comunidad internacional.
La diplomacia de la época creía que los Estados nacionales debían ser culturalmente homogéneos para evitar futuras guerras. La diversidad, que durante siglos había sido una característica natural del Imperio otomano, comenzó a ser vista como un problema político.
Con la victoria turca y la firma del Tratado de Lausana en 1923, el proyecto de Kurdistán contemplado en Sèvres desapareció definitivamente.
El territorio kurdo quedó dividido entre cuatro Estados: Turquía, Irak, Siria e Irán.
Desde entonces la historia de los kurdos ha sido una larga sucesión de luchas políticas y militares.
En 1946, en Irán, el líder kurdo Qazi Muhammad proclamó la breve República de Mahabad, uno de los primeros intentos modernos de crear un Estado kurdo.
En Irak, Mustafa Barzani se convirtió durante décadas en el símbolo del nacionalismo kurdo.
Pero cada vez que el Kurdistán parecía acercarse a la posibilidad de convertirse en un Estado, la geopolítica del Medio Oriente se encargaba de cerrar nuevamente esa puerta.
Hoy, más de un siglo después del Tratado de Sèvres, los kurdos siguen siendo la mayor nación sin Estado del mundo.
Y la historia vuelve a moverse.
En medio del actual conflicto regional, miles de combatientes kurdos provenientes del norte de Irak han cruzado la frontera y se están desplazando hacia zonas del territorio iraní donde habitan comunidades kurdas.
Lo que ocurre en esas montañas podría abrir un nuevo capítulo de una historia que lleva más de cien años sin resolverse.
Porque bajo las montañas del Zagros, en las ciudades de Erbil, Diyarbakir o Mahabad, sigue viva una pregunta que la diplomacia del siglo XX nunca logró responder.
Si algún día el Kurdistán volverá a tener la oportunidad histórica que perdió en 1920.


