Terrorismo, Estado y la memoria de una lección

Misiles y drones en Medio Oriente buscan crear miedo y paralizar a países vecinos en conflicto.

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Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

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Santo Domingo.– Hay recuerdos que no se evaporan con los años. Permanecen como piedras en el fondo de la conciencia, inmóviles, tercas, esperando el momento en que la historia vuelve a exigirnos que recordemos.

Uno de esos recuerdos lo debo al profesor Juan Bosch.

Entre las muchas enseñanzas que recibí de él hubo una que jamás admitía ambigüedades.

Bosch decía que el terrorismo debía rechazarse siempre. Sin excusas. Sin matices. Sin ideologías que lo maquillen. Sin la indulgencia que los fanáticos suelen reclamar cuando creen tener la razón histórica de su lado.

    Lo decía con la serenidad de quien había visto demasiado.

    Había visto revoluciones que empezaban hablando de justicia y terminaban justificando la muerte de inocentes.

    Había visto Estados que hablaban de seguridad mientras sembraban el miedo en su propio pueblo.

    También había visto movimientos políticos que, creyéndose redentores de la humanidad, terminaban degradándose cuando aceptaban la lógica del terror.

    Por eso Bosch rechazaba el terrorismo con la misma firmeza con que rechazaba las dictaduras.

    La postura de Juan Bosch frente al terrorismo

    Lo combatió en la República Dominicana cuando surgieron grupos que creían que la violencia clandestina podía sustituir a la política.

    No dudó en expulsar del PRD y más tarde del PLD a quienes pretendían convertir el terror en instrumento de lucha.

    Para él aquello no era una discusión táctica. Era un problema moral.

    Decía que cuando una causa necesita matar inocentes para hacerse escuchar, ya ha perdido su legitimidad.

    Recuerdo también cómo observaba con desconfianza ciertos movimientos que en aquellos años despertaban simpatías románticas en muchos sectores de la izquierda internacional.

    Bosch veía en ellos no una revolución liberadora, sino un regreso a formas arcaicas de poder.

    Así juzgaba a los talibanes que combatían a las tropas soviéticas en Afganistán, y también al régimen teocrático que surgió en Irán tras la revolución de 1979.

    Decía que aquellas formas de poder religioso absoluto no representaban un progreso para la humanidad, sino un retorno a los viejos sistemas donde la política se subordinaba al fanatismo.

      Bosch desconfiaba profundamente de las revoluciones que prometían el paraíso mientras instalaban el miedo.

      Hoy, al mirar las guerras que sacuden al Medio Oriente, aquellas palabras vuelven a la memoria con una claridad casi incómoda.

      Mientras Estados Unidos e Israel desarrollan operaciones militares contra Irán, la respuesta iraní se mueve dentro de una lógica que la historia conoce bien: la del terror estratégico.

      Misiles y drones que atraviesan fronteras, ataques contra ciudades, golpes contra instalaciones energéticas y contra países vecinos que no siempre participan directamente en el conflicto.

      No se trata únicamente de ganar batallas.

      Se trata de crear miedo.

      De elevar el costo político del conflicto hasta hacerlo insoportable.

      Es una estrategia antigua: si no puedo derrotarte en el campo de batalla, intentaré paralizarte mediante el miedo.

      Europa conoció bien esa lógica en los años ochenta.

      Atentados terroristas en aeropuertos europeos en 1985

      En la mañana del 27 de diciembre de 1985, el aeropuerto Leonardo da Vinci–Fiumicino, en Roma, se convirtió en un escenario de guerra inesperada.

      Hombres armados con fusiles automáticos y granadas abrieron fuego contra pasajeros que esperaban frente a los mostradores de la aerolínea israelí El Al.

      El caos fue inmediato.

      Viajeros que corrían entre maletas abandonadas.

      Disparos que resonaban en el terminal.

      Granadas que explotaban entre filas de personas que minutos antes pensaban únicamente en sus vuelos de Navidad.

      Cuando terminó el ataque, dieciséis personas habían muerto y más de ochenta estaban heridas.

      Al mismo tiempo, casi como si la violencia hubiese decidido duplicarse para asegurarse de que el mundo escuchara, otro comando atacaba el aeropuerto internacional de Viena.

      Los atentados habían sido coordinados por la organización Abu Nidal, uno de los grupos más feroces del terrorismo palestino de aquella época.

      Nadie intentaba conquistar territorio.

      Nadie pretendía derrotar un ejército.

      El objetivo era otro: sembrar miedo internacional, paralizar el transporte aéreo, provocar titulares en todo el planeta y presionar políticamente a gobiernos occidentales.

      Era el terror convertido en estrategia.

      Aquellos ataques cambiaron para siempre los aeropuertos del mundo. Controles, detectores, policías armados, cooperación internacional entre servicios de inteligencia: todo eso nació en gran medida de aquella década en la que aviones, terminales aéreas y embajadas se convirtieron en escenarios de violencia política.

      Pero la verdadera lección de aquella época no fue tecnológica.

      Fue moral.

      Cuando el terrorismo se convierte en instrumento político, desaparece la frontera entre combatientes y civiles.

      La guerra deja de ser un enfrentamiento entre ejércitos y se transforma en una intimidación permanente contra la población.

      Es entonces cuando la política comienza a devorarse a sí misma.

      Por eso la enseñanza de Juan Bosch sigue siendo actual.

      Él rechazaba el terrorismo incluso cuando muchos lo justificaban en nombre de causas revolucionarias.

      Decía que la historia estaba llena de movimientos que empezaron proclamando la liberación de los pueblos y terminaron reproduciendo nuevas formas de opresión.

      El terrorismo no es una ideología.

      Es un método.

      Puede aparecer en un comando que dispara en un aeropuerto, en una red que secuestra aviones o en estrategias de guerra que buscan sembrar miedo indiscriminado en ciudades enteras.

      La forma cambia.

      La lógica es siempre la misma.

      Los Estados pueden librar guerras. Los ejércitos pueden enfrentarse. Pero cuando el miedo contra civiles se convierte en instrumento deliberado de presión política, la humanidad retrocede varios siglos.

      Recordarlo no es un ejercicio académico.

      Es una necesidad moral.

      Porque cada generación vuelve a enfrentarse a la misma tentación: justificar la violencia cuando se cree tener la razón.

      Pero la historia insiste en repetir la misma advertencia.

      Ninguna causa política, por justa que se proclame, puede legitimarse mediante el terror.

      Eso fue lo que me enseñó Juan Bosch.

      Y es una enseñanza que la historia, con dolorosa insistencia, sigue confirmando.

      Victor Grimaldi Céspedes

      Victor Grimaldi Céspedes

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